Anisiato pidió un deseo. Y se le concedió.
Anisiato tenía la intención de participar en un importante concurso televisivo en el que se ofrecía un premio millonario. Y Anisiato quería conocer todas las respuestas.
Así fue. El deseo le fue concedido. Participó en el concurso, acertó todas las preguntas que le formularon y ganó el premio millonario.
Pero su don le fue concedido para siempre, así que cuando alguien le planteaba cualquier cuestión, Anisiato contestaba dando la respuesta exacta.
Al principio le divertía, resultaba práctico saber que hora era sin necesidad de tener reloj, el horario de un comercio al que no había acudido en su vida, o el precio de la gasolina a quince días vista.
Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de que respondía sin entender, de que él sólo sabía, sin más, lo que tenía que decir, y que realmente desconocía y no comprendía ni la mitad de sus respuestas.
Empezó a sentirse bastante estúpido, no podía distinguir si la respuesta que acababa de dar era algo que realmente conocía, que hubiera estudiado en su infancia, que hubiera leído recientemente, o si era el resorte de su don el que actuaba por su cuenta.
Le fue minando inevitablemente, y aunque trató de preguntarse a sí mismo como salir de aquella situación, la respuesta concisa que obtuvo no era más que un eco que se había acostumbrado a no escuchar.
Se terminó de volver loco el día que alguien le preguntó qué pediría si se le pudiera conceder un deseo.