El niño que comía azulejos se desplazaba andando o en autobús, porque el coche no le gustaba.
Me gustan los extremos, pensaba, porque si iba andando tenía que ser solo, nunca en compañía; y si tomaba el bus, tenía que hacerlo en hora punta, cuando viajaba mayor número de personas. Sin embargo no hablaba con ninguna, incluso si coincidía allí con algún conocido, evitaba encontrar su mirada, haciendo como si hubiera percibido su presencia. Es que, en el metro de Moscú nadie va hablando, pensaba.